¡No quiero, en fin, que la madre abrace al verdugo que ha hecho despedazar a su hijo por los perros! ¡Que no se atreva a perdonarle! Si quiere, que perdone al torturador su infinito dolor de madre; pero no tiene ningún derecho a perdonar los sufrimientos de su hijo despedazado, ¡y que no se atreva a perdonar al verdugo, aunque la propia criatura se los perdonara! Si es así, si las víctimas no se han de atrever a perdonar, ¿dónde está la armonía? ¿hay en todo el mundo un ser que pueda y tenga derecho a perdonar? No quiero la armonía, no la quiero por amor a la humanidad. Prefiero quedarme con los sufrimientos y sin castigar.

Los hermanos Karamásov, p. 398-399, Fiodor Dostoievski

Otra vez. Durante un tiempo me acostumbré a esta rutina diaria de ir de mi casa al trabajo todos los días sin novedad alguna, me resultaba tranquilo y cómodo tener la seguridad de lo que iba a suceder al día siguiente, hasta compré una agenda que revisaba todos los días antes de salir de casa. Recuerdo en específico una noche que salí del trabajo, era el otoño del año pasado, hacia frío y me resultó particularmente agradable esperar el puma en medio de la nada, hasta el trayecto en el metro casi vacío me resultó cómodo, por alguna razón tengo grabado ese día, hasta recuerdo la ropa que traía puesta, los zapatos, la blusa negra… Ahora las cosas son diferentes, aunque los atardeceres de este invierno me siguen pareciendo magníficos por la luz pálida, la bruma y las sombras largas que se atraviesan en los pasillos del Instituto, hay algo que me pesa, ya no es necesario revisar la agenda todos los días, tengo en la mente lo que debo hacer. Y aún no he llegado al punto de detestar la monotonía, creo que por momentos sigue siendo conveniente, sin embargo, todos los días me levanto esperando que ocurra un accidente, un naufragio, algo que me obligue a salirme de esta inercia de vivir.

¿Recuerdas que tienes un blog? ¿recuerdas las primeras notas de Recuerdos de la Alhambra? ¿recuerdas la belleza de un atardecer de invierno detrás del estadio, visto desde la explanada de la Central? Me di cuenta de que necesito ser rescatada por lo que dejé atrás. Pensar tanto me provoca un dolor agudo en el estomago, ganas de vomitar, y no se trata únicamente de la cuestión sadeana que me tiene un poco atorada entre un mundo atroz y hostil en el que la belleza ya no existe, se trata también de una cuestión de fe. La fe no es algo con lo que se nace, se adquiere y se afina, se encuentra quizá. Mi búsqueda siempre ha sido externa, y he encontrado la fe en múltiples cosas que me han hecho ser feliz por un momento, con toda la felicidad que se puede tener por instantes, sin embargo siempre la pierdo, termino por convencerme de que siempre creo espejismos que me engañan, me sorprenden, me quitan la sed conforme me acerco a ellos, el mero deseo basta para quitarme la sed por un instante; y al alcanzarlos me doy cuenta de que no abrazo más que aire. Je désire un autre monde pour peindre ce monde.

    Estoy escuchando No surprises, las guitarras me hacen olvidar el zumbido de la bomba al lado de mi recamara que no me deja dormir, que me provoca taquicardias a las dos de la mañana.  Esta noche, de regreso del trabajo, se me volvió a bajar la presión, me dio taquicardia, empecé a sudar frío: o los cigarros que compré me están envenenando, o pensar en que mañana debo levantarme a las seis de la mañana, para trabajar de nueve a tres, comer de tres a cinco, y volver a hundirme en la miseria del mundo de Sade, que no es más que el espejo de la miseria del mundo oculto detrás de la realidad hipócrita que me rodea, hasta las ocho de la noche, llegar a mi casa a las diez, y volver a dormir, con el zumbido del tinaco provocándome taquicardias… quizá solo me hizo falta tomarme las dos pastillitas rojas. 

   El punto es que creo que de nuevo fui rescatada por las letras, las que soñé mientras dormía en el trayecto de centro médico a pantitlán, las que me inspiraron otras letras, las que me impidieron pensar en el zumbido y en lo miserable de muchas cosas.


Creo que hay algo en el aire que poco a poco está envenendo a la gente que quiero, es un virus, y se llama tristeza. Al parecer el bicho se encuentra en el aire y es producido por una tragedia, se introduce en el cuerpo de la persona más cercana y comienza a expandirse. Yo los he visto, sus ojos me dicen que tienen tristeza, esa sombra que se posa en ellos me dice que algo cambió, ese brillar acuoso, esa pesadez en la expresión. Es evidente que su dolor es insoportable, es un dolor de duelo, es una tristeza de extrañar. No se cómo combatirlo y eso me provoca algo de impotencia.

No poder escribir me resulta doloroso. Cuando camino por la calle siempre tengo ideas para comenzar a escribir, siempre surgen imágenes que me provocan el deseo de ponerlas en palabras; pero cuando estoy frente a la máquina mis pensamientos no pueden atrapar esas imágenes, no pueden concretar esas ideas que me gustaría construir con palabras, ese fenómeno me resulta doloroso. Todos los días intento desahogar ese nudo en el cerebro, por alguna extraña razón nada de lo que escribo me parece concreto. Incluso al redactar ensayos he llegado a sentir ese entumecimiento, la desesperación de tener algo en la cabeza y no poder plasmarlo con la nítidez que deseo; la última vez corregi mucho el texto y aún así sigo sin estar satisfecha, las palabras me parecen poco exactas, el ritmo me suena pesado, al leer en voz alta me tropiezo siempre con algo, una oración, una palabra, una coma, ¡como odio esos tropiezos!. Sin embargo creo que debo seguir intentando, a pesar de que me resulte en extremo doloroso no tener el tiempo, la mente, o el lugar… sé que sigo recolectando escritos en mi mente.

Algunas veces pienso que ya no hay belleza, otras creo que simplemente nos hemos vuelto insensibles, que ya no somos capaces de conmovernos. En estos momentos creo que es un poco de las dos cosas, creo que la vida es injusta y que si dios existe es autista.

Últimamente me han dado muchos ataques de existencia, ya tenía mucho tiempo que no sentía uno de esos, la verdad es que son horribles, ahora que ha regresado son peores. El primero me dio ayer en la noche mientras estaba sentada en mi cama leyendo el Génesis, me dio justo cuando Dios destierra a Adán y Eva del paraíso, observé la mano derecha que sostenía las hojas y lo primero que hice fue aventarlas y esconder esa mano debajo de mis piernas, miré el cuarto, el piso del cuarto, la silla en frente de la computadora, pensé en el vacío y en lo eterno, quise empezar a llorar, pero me levanté y fui a la recamara de mi madre para que me abrazara… ya estaba dormida; el segundo me dio hoy mientras estaba en clase de Renacimiento, la chica que exponía presentaba diapositivas con esculturas de Donatello, me dio justo cuando puso la de un hombre que parecía un cadáver, esta vez fue más rápido, sólo sentí ese vacío en el estómago que me recorrió todo el cuerpo, y el súbito miedo, abracé el brazo de Karina y después todo volvió a la normalidad.

Hoy, cuando regresaba a casa, me vinieron unas estúpidas ganas de llorar, así, de la nada.

Yo te obligaré a decir la verdad. Te obligaré a enfrentar la realidad que no quieres y te arrastraré hasta que sangres, hasta que llores, hasta que grites que prefieres la vida. Voy a darte el dolor más puro para que sientas que estas viva y no vuelvas a desear morir. Haré evidente la fragilidad de tu espíritu para que construyas un nuevo ser y nunca mas te vuelvas a arrastrar. Te voy a destrozar el pensamiento para romper tus palabras y así obligarte a gritar, a pensar, a escribir. Te mostraré que la vida es una pesadilla que juega con tu fortaleza y te obliga, te arrastra, te humilla, te quita la esperanza para que intentes salvarte, para que siempre pienses en la muerte y así, después, aprendas a vivir.

No puedo decir que soy feliz, y no puedo decirlo porque simplemente no lo siento. Ultimamente, cuando estoy sola, acostumbro ponerme a pensar en esa felicidad que no tengo y que no puedo alcanzar. Algunas veces pienso que sería más feliz si me sientiera bien fisicamente, o que sería más feliz si no tuviera que trabajar y fuera estudiante de tiempo completo, también pienso en que el amor debería llenarme de satsifacción, sin embargo sólo me llena de miedos, inseguridades, celos y tristeza. 

¿Cómo deshacerme de esas cosas que me atormentan todos los días? Cuando hablo de mis demonios es porque realmente los tengo, esos demonios no me dejan vivir en paz, me llenan de rencores, me hacen recordar lo que me han hecho sufrir, me hacen envidiar lo que no tengo. Y el resultado de todo esto es el aislamiento, cuando estoy rodeada de gente finjo ser amable, finjo ser feliz y desprecupada, pero todos los días, cuando voy camino al trabajo o cuando regreso a mi casa, esos rencores vuelven y lo peor de todo es que yo, en lugar de alejarlos, los alimento con los recuerdos más nefastos que pueda encontrar.  

El viernes pasado fui con la doctora recomendada. Era una mujer muy amable que me hizo preguntas que ningún otro doctor me había hecho, eso me dio confianza. Me mandó hacer una serie de estudios de todo lo que se pueda uno imaginar y eso también me dio confianza.

Hoy fui a realizarme los estudios, vi mi sangre llenar tubitos de cristal y tengo la esperanza de que algo esté mal en esos tubitos, algo tiene que salir mal. En primera porque si es así, la doctora amable me recetará unos chochos (igual de caros que los que ya me recetó) que me quitarán el malestar; en segunda porque si no es así, la doctora amable me dirá que es puro estrés y que debo tranquilizarme y eso no lo sé hacer, prefiero los chochos.

Cuando salí de los laboratorios sentí un poco de esperanza, ésta provenia del mundo saludable que comenzaba a ver, no más dolores de cabeza, no más problemas con el estómago, no más fatiga. Sin embargo, cuando recordé la cuenta del laboratorio me vinieron unas náuseas espantosas y unos nervios de esos que me obligan a mover las manos como loca. Despúes comencé a pensar en el trabajo, en la terrible semana que me espera, en que tengo que regresar a la escuela a tomar clases aburridas y a no dormir, en que ddebo entregar una ponencia para el viernes de cual no he escrito ni el primer párrafo. Así funciona mi cabeza, cuando descubre algo malo, en lugar de pensar positivamente y relajarse, empieza a desmenuzar todo lo que me puede estrtesar.

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