Pues aquí está la traducción, después de revisarla varias veces me doy cuenta de que tengo un problema para recrear diálogos, cada que los compongo o me suenan ridículos o me suenan demasiado artificiales. También descubrí que la narración está muy cortada, el lenguaje no fluye como yo lo quisiera, en fin, creo que de todos modos este sigue siendo un ensayo que se puede seguir mejorando. La versión francesa me gusta más, aunque tampoco me enorgullece mucho.
Irse con el rio. El río rodeaba el poblado, era un río largo que arrastraba agua transparente. Mi casa era mas bien una cabaña de paja y madera en medio de las otras; yo vivía ahí con mis padres, mi hermana María y Jacinto, el más grande de nosotros. Mi padre nos levantaba todos los días a las seis de la mañana para acarrear agua del río porque teníamos que caminar medio kilómetro para llegar hasta allá. Cuando era más chico, el camino se me hacia interminable, sobre todo cuando regresábamos con las cubetas llenas de agua. Me acuerdo de la tierra árida debajo de mis pies, se volvía húmeda en los bordes del río, del verdor de los árboles en primavera, del calor de la mañana en el verano, de las hojas que tronaban en otoño, del vapor de la mañana en invierno. Todos los días la misma caminata al alba. Después, Jacinto y yo íbamos al campo con mi padre mientras que Maria y mi madre se quedaban en el río para lavar la ropa. Teníamos que trabajar en el campo durante toda la mañana: recoger la cosecha, vigilar a los animales, arar la tierra, todo mientras el sol no era demasiado fuerte. Jacinto, que no hablaba mucho, repetía todos los días la misma cantaleta cuando estábamos en el campo, decía que un día se pasaría al otro lado con Manuel: - El dice que allá si hay dinero, que pagan mucho más que aquí por un día de trabajo, además dice que hay habitaciones donde uno duerme sin tener frío, allá uno no tiene que caminar todos los días para buscar agua.- Yo no me quiero ir, decía yo, la frontera esta bien lejos, mas que el río a donde vamos a acarrear agua, ¿para qué ir tan lejos, pues, namás por el agua?Mi padre nos oía en silencio, no hablaba con nosotros, sólo decía lo que hacia falta. Pero algunas veces, cuando escuchaba hablar a Manuel, le decía:- Siempre la misma cosa contigo, ¡trabaja! Si te quieres ir, vete pues. Pero pa’eso necesitas dinero, ¡trabaja pues! Me hartas, me caes mejor cuando te callas.Ahora pienso que quizá mi padre nunca creyó que Jacinto se iría, y para ser sinceros, yo tampoco lo creía. Ese día se levantó al alba como nosotros, pero no nos acompañó al río, le dio un beso a María, abrazo a mi madre y finalmente le dio la mano a mi padre:- Voy a regresar pa’ la Navidad. Voy a pasarme la frontera con Manuel, encontramos alguien que puede llevarnos hasta el río. Les voy escribir. Mi padre no dijo nada. Los días pasaron, Maria hablaba todo el tiempo de Jacinto, decía que seguro estaba muy bien por que no había escrito todavía, comenzó a decir que también se quería ir, pero no para el otro lado, quería irse al puerto porque nunca había visto el mar, además de que estaba más cerca y ahí había mucho trabajo. Mi madre le decía que para eso primero tenía que buscarse un marido. Ese año hubo mal tiempo. Cayeron tormentas todos los días y perdimos muchas cosechas. Mi madre se enfermó y mi padre y yo teníamos que pasar mucho tiempo en el campo. Maria tenía que ir sola todos los días al río, parecía cansada, como harta de tanta cosa. Su humor que antes era bastante agradable, se volvió amargo, y su cara, antes llena de felicidad, parecía la de una vieja. Un día se levanto muy temprano para ir al río y nunca volvió. Mi madre lloró tanto que mi padre fue a buscarla hasta el pueblo, no la encontró, pero sí encontró a Manuel: -¿Por qué no andas con Jacinto?- Apenas vengo de regreso, iba verlos hoy en la tarde. Pensé que ahorita andarían en el campo. Ocupo hablar con usted, no se como…- ¿Dónde anda el Jacinto?- Pos…Jacinto… pos esta muerto. De veras que lo siento mucho. La mera verdad yo no pude hacer nada. Llegamos a la frontera, nos llevaron hasta allá; allá nos dijeron que teníamos que pasarnos el río nadando, que no era peligroso, que ya muchos lo habían hecho y que pues nosotros estábamos fuertes… Jacinto y yo pos no podíamos echarnos p’atrás, nos metimos al río, pero el agua estaba tan recia que a penitas si pudimos llegar a la mitad cuando nos miraron los guardias de la frontera. Nos dispararon y le dieron a Jacinto. No pudo llegar al otro lado, se fue con el río. Los guardias me agarraron y por eso no les pude decir de su muerte. Yo… pues… Mi padre no lloró, no dijo nada, pero desde ese día se puso a tomar aguardiente día y noche. Mi madre estaba mala todo el tiempo, rezaba mucho y se preguntaba por qué Dios estaba tan lejos, se preguntaba si María estaba viva, si Jacinto estaba en el cielo, si yo me iba quedar toda la vida con ella. Por fortuna, unos meses después recibimos una carta de María dónde nos contaba que después de irse se había casado con un pescador que la había llevado hasta el puerto donde se habían quedado para trabajar a orillas del mar. Mi madre estaba feliz de haber tenido noticias de ella y decía a mi padre que teníamos que ir a verla; se le notaba una felicidad chiquita que le aclaraba los ojos cuando hablaba de eso. Pero esa felicidad, como era chiquita, no duró mucho tiempo. Yo apenas tenía doce años cuando toda mi familia desapareció. Ese año, Dios escogió a mi familia para ponerla a prueba. Él no es malo, ahora lo sé, pero parece que a veces se aburre y empieza a jugar con la gente. Unos días después de haber recibido la carta de María, el río se desbordó y por primera vez, la rabia de Dios se materializó; era como si el río estuviera vivo, se hizo muy grande y agarró tanta fuerza que se llevó las casas y los árboles con él. Toda el agua de ese río, antes limpia y transparente, ahora era un enorme monstruo grisáceo y amorfo que se acercaba llevando en su cuerpo la muerte. Cuando nos dimos cuenta ya estaba muy cerca; escuché a mi padre y a mi madre decirme que tenía que correr rápido, que tenía que subirme a un árbol de esos duros. Yo tenía miedo, pero de alguna manera logré quitarme del camino. Es la última vez que escuché a mis padres, el río se los llevó consigo. Después de la tormenta, el panorama era muy diferente, el río corría en medio de lo que había sido el poblado. Ya no había cabañas, ya no había nada, habíamos perdido todo. Pasamos días horribles porque no había nada que comer, y el agua, que estaba por todos lados, no servía para nada. Me puse a pensar en que ya no tenía nada que me retuviera en medio de ese paisaje lleno de muerte que antes había estado lleno de vida. Como todos se habían ido con el río, decidí irme yo también. Y fui a buscar a María, a orillas del mar.