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Como una nube negra que anuncia una tormenta, pero que no llega, sólo sigue ahí. Todos los días me pregunto por qué pasan cosas que no deberían pasar, por qué suceden tragedias que le rompen el corazón a la gente. Traición, muerte, decepción, amor, nostalgia, esperanza, angustia. Todas esas cosas que no habían pasado en tanto tiempo y que de repente vinieron con la nube negra que ya no provoca llanto, pero que se cuela por los ojos y oídos hasta llegar al corazón.

Y a pesar de todo la vida sigue, los días se van mucho más rápido que antes. Hay sonrisas, una sonrisa que conmueve, una mirada brillante que provoca un dolor dulce que se siente como desesperación y felicidad, una presencia que alienta y que mitiga la sensación de soledad, palabras que desatan risas que alivian el corazón, botellas de vino y cigarros que acompañan las lágrimas que ya no tienen ningún sentido.

Todo sigue ahí, las tragedias que hay que superar, las cosas que no hay que tratar de entender para no caer en el absurdo de la vida, las palabras que hay que decir para evitar hablar de otra cosa, del dolor, de la falta de amor, de la ausencia que vino y que vendrá. La vida sigue y hay que levantarse todos los días por los que no pudieron o no pueden hacerlo.

Contrario a lo que algunas personas puedan afirmar, beber es bueno. Y es mejor cuando uno está con amigos que nos conocen desde hace muchos, pero muchos años. La amistad duradera es algo fenomenal, puede haber problemas, rupturas, años de por medio en los que la gente hace su vida y sigue su camino pero siempre está ese momento en el que todos dejan a un lado sus ocupaciones y deciden ir a beber, a compartir lo que han cambiado, lo que han vivido, lo que quieren ser. La amistad es algo muy bueno, algo que permite alejar la soledad, la tristeza y el sufrimiento. Darse cuenta de que el tiempo pasa y se lleva muchas cosas sin tocar otras es grandioso.

El corazón, como todo músculo del cuerpo humano, se va curtiendo con el tiempo y probablemente también se le van haciendo callos por el uso y los golpes. Creo que eso provoca que las personas se vayan haciendo más y más duras y demuestren mucha más indiferencia conforme pasa el tiempo. De esta forma trato de explicarme el activismo juvenil de mis padres y su indiferencia actual hacia la realidad. Sin embargo también me pregunto si esta indiferencia no será más bien una negación en la que uno cierra los ojos para no ver nada y seguir tratando de ser feliz.

En el caso de las relaciones amorosas sucede la misma situación, llega un momento en que el corazón se vuelve fuerte y ya no provoca lágrimas después de sufrir otro golpe, la capa gruesa que lo cubre hace imposible que se sienta el dolor. Pero también en este caso me pregunto si no es que en lugar de indiferencia, lo que sucede es que uno se niega a ver las cosas porque es más fácil seguir fingiendo ser feliz.

¡No quiero, en fin, que la madre abrace al verdugo que ha hecho despedazar a su hijo por los perros! ¡Que no se atreva a perdonarle! Si quiere, que perdone al torturador su infinito dolor de madre; pero no tiene ningún derecho a perdonar los sufrimientos de su hijo despedazado, ¡y que no se atreva a perdonar al verdugo, aunque la propia criatura se los perdonara! Si es así, si las víctimas no se han de atrever a perdonar, ¿dónde está la armonía? ¿hay en todo el mundo un ser que pueda y tenga derecho a perdonar? No quiero la armonía, no la quiero por amor a la humanidad. Prefiero quedarme con los sufrimientos y sin castigar.

Los hermanos Karamásov, p. 398-399, Fiodor Dostoievski

Otra vez. Durante un tiempo me acostumbré a esta rutina diaria de ir de mi casa al trabajo todos los días sin novedad alguna, me resultaba tranquilo y cómodo tener la seguridad de lo que iba a suceder al día siguiente, hasta compré una agenda que revisaba todos los días antes de salir de casa. Recuerdo en específico una noche que salí del trabajo, era el otoño del año pasado, hacia frío y me resultó particularmente agradable esperar el puma en medio de la nada, hasta el trayecto en el metro casi vacío me resultó cómodo, por alguna razón tengo grabado ese día, hasta recuerdo la ropa que traía puesta, los zapatos, la blusa negra… Ahora las cosas son diferentes, aunque los atardeceres de este invierno me siguen pareciendo magníficos por la luz pálida, la bruma y las sombras largas que se atraviesan en los pasillos del Instituto, hay algo que me pesa, ya no es necesario revisar la agenda todos los días, tengo en la mente lo que debo hacer. Y aún no he llegado al punto de detestar la monotonía, creo que por momentos sigue siendo conveniente, sin embargo, todos los días me levanto esperando que ocurra un accidente, un naufragio, algo que me obligue a salirme de esta inercia de vivir.

No puedo decir que soy feliz, y no puedo decirlo porque simplemente no lo siento. Ultimamente, cuando estoy sola, acostumbro ponerme a pensar en esa felicidad que no tengo y que no puedo alcanzar. Algunas veces pienso que sería más feliz si me sientiera bien fisicamente, o que sería más feliz si no tuviera que trabajar y fuera estudiante de tiempo completo, también pienso en que el amor debería llenarme de satsifacción, sin embargo sólo me llena de miedos, inseguridades, celos y tristeza. 

¿Cómo deshacerme de esas cosas que me atormentan todos los días? Cuando hablo de mis demonios es porque realmente los tengo, esos demonios no me dejan vivir en paz, me llenan de rencores, me hacen recordar lo que me han hecho sufrir, me hacen envidiar lo que no tengo. Y el resultado de todo esto es el aislamiento, cuando estoy rodeada de gente finjo ser amable, finjo ser feliz y desprecupada, pero todos los días, cuando voy camino al trabajo o cuando regreso a mi casa, esos rencores vuelven y lo peor de todo es que yo, en lugar de alejarlos, los alimento con los recuerdos más nefastos que pueda encontrar.  

Pues aquí está la traducción, después de revisarla varias veces me doy cuenta de que tengo un problema para recrear diálogos, cada que los compongo o me suenan ridículos o me suenan demasiado artificiales. También descubrí que la narración está muy cortada, el lenguaje no fluye como yo lo quisiera, en fin, creo que de todos modos este sigue siendo un ensayo que se puede seguir mejorando. La versión francesa me gusta más, aunque tampoco me enorgullece mucho.

Irse con el rio. El río rodeaba el poblado, era un río largo que arrastraba agua transparente. Mi casa era mas bien una cabaña de paja y madera en medio de las otras; yo vivía ahí con mis padres, mi hermana María y Jacinto, el más grande de nosotros. Mi padre nos levantaba todos los días a las seis de la mañana para acarrear agua del río porque teníamos que caminar medio kilómetro para llegar hasta allá. Cuando era más chico, el camino se me hacia interminable, sobre todo cuando regresábamos con las cubetas llenas de agua. Me acuerdo de la tierra árida debajo de mis pies, se volvía húmeda en los bordes del río, del verdor de los árboles en primavera, del calor de la mañana en el verano, de las hojas que tronaban en otoño, del vapor de la mañana en invierno. Todos los días la misma caminata al alba. Después, Jacinto y yo íbamos al campo con mi padre mientras que Maria y mi madre se quedaban en el río para lavar la ropa.             Teníamos que trabajar en el campo durante toda la mañana: recoger la cosecha, vigilar a los animales, arar la tierra, todo mientras el sol no era demasiado fuerte. Jacinto, que no hablaba mucho, repetía todos los días la misma cantaleta cuando estábamos en el campo, decía que un día se pasaría al otro lado con Manuel: - El dice que allá si hay dinero, que pagan mucho más que aquí por un día de trabajo, además dice que hay habitaciones donde uno duerme sin tener frío, allá uno no tiene que caminar todos los días para buscar agua.- Yo no me quiero ir, decía yo, la frontera esta bien lejos, mas que el río a donde vamos a acarrear agua, ¿para qué ir tan lejos, pues, namás por el agua?Mi padre nos oía en silencio, no hablaba con nosotros, sólo decía lo que hacia falta. Pero algunas veces, cuando escuchaba hablar a Manuel, le decía:-         Siempre la misma cosa contigo, ¡trabaja! Si te quieres ir, vete pues. Pero pa’eso necesitas dinero, ¡trabaja pues! Me hartas, me caes mejor cuando te callas.Ahora pienso que quizá mi padre nunca creyó que Jacinto se iría, y para ser sinceros, yo tampoco lo creía. Ese día se levantó al alba como nosotros, pero no nos acompañó al río, le dio un beso a María, abrazo a mi madre y finalmente le dio la mano a mi padre:-         Voy a regresar pa’ la Navidad. Voy a pasarme la frontera con Manuel, encontramos alguien que puede llevarnos hasta el río. Les voy escribir. Mi padre no dijo nada. Los días pasaron, Maria hablaba todo el tiempo de Jacinto, decía que seguro estaba muy bien por que no había escrito todavía, comenzó a decir que también se quería ir, pero no para el otro lado, quería irse al puerto porque nunca había visto el mar, además de que estaba más cerca y ahí había mucho trabajo. Mi madre le decía que para eso primero tenía que buscarse un marido.            Ese año hubo mal tiempo. Cayeron tormentas todos los días y perdimos muchas cosechas. Mi madre se enfermó y mi padre y yo teníamos que pasar mucho tiempo en el campo. Maria tenía que ir sola todos los días al río, parecía cansada, como harta de tanta cosa. Su humor que antes era bastante agradable, se volvió amargo, y su cara, antes llena de felicidad, parecía la de una vieja. Un día se levanto muy temprano para ir al río y nunca volvió. Mi madre lloró tanto que mi padre fue a buscarla hasta el pueblo, no la encontró, pero sí encontró a Manuel: -¿Por qué no andas con Jacinto?- Apenas vengo de regreso, iba verlos hoy en la tarde. Pensé que ahorita andarían en el campo. Ocupo hablar con usted, no se como…- ¿Dónde anda el Jacinto?- Pos…Jacinto… pos esta muerto. De veras que lo siento mucho. La mera verdad yo no pude hacer nada. Llegamos a la frontera, nos llevaron hasta allá; allá nos dijeron que teníamos que pasarnos el río nadando, que no era peligroso, que ya muchos lo habían hecho y que pues nosotros estábamos fuertes… Jacinto y yo pos no podíamos echarnos p’atrás, nos metimos al río, pero el agua estaba tan recia que a penitas si pudimos llegar a la mitad cuando nos miraron los guardias de la frontera. Nos dispararon y le dieron a Jacinto. No pudo llegar al otro lado, se fue con el río. Los guardias me agarraron y por eso no les pude decir de su muerte. Yo… pues…            Mi padre no lloró, no dijo nada, pero desde ese día se puso a tomar aguardiente día y noche. Mi madre estaba mala todo el tiempo, rezaba mucho y se preguntaba por qué Dios estaba tan lejos, se preguntaba si María estaba viva, si Jacinto estaba en el cielo, si yo me iba quedar toda la vida con ella. Por fortuna, unos meses después recibimos una carta de María dónde nos contaba que después de irse se había casado con un pescador que la había llevado hasta el puerto donde se habían quedado para trabajar a orillas del mar. Mi madre estaba feliz de haber tenido noticias de ella y decía a mi padre que teníamos que ir a verla; se le notaba una felicidad chiquita que le aclaraba los ojos cuando hablaba de eso.            Pero esa felicidad, como era chiquita, no duró mucho tiempo. Yo apenas tenía doce años cuando toda mi familia desapareció. Ese año, Dios escogió a mi familia para ponerla a prueba. Él no es malo, ahora lo sé, pero parece que a veces se aburre y empieza a jugar con la gente. Unos días después de haber recibido la carta de María, el río se desbordó y por primera vez, la rabia de Dios se materializó; era como si el río estuviera vivo, se hizo muy grande y agarró tanta fuerza que se llevó las casas y los árboles con él. Toda el agua de ese río, antes limpia y transparente, ahora era un enorme monstruo grisáceo y amorfo que se acercaba llevando en su cuerpo la muerte. Cuando nos dimos cuenta ya estaba muy cerca; escuché a mi padre y a mi madre decirme que tenía que correr rápido, que tenía que subirme a un árbol de esos duros. Yo tenía miedo, pero de alguna manera logré quitarme del camino. Es la última vez que escuché a mis padres, el río se los llevó consigo.            Después de la tormenta, el panorama era muy diferente, el río corría en medio de lo que había sido el poblado. Ya no había cabañas, ya no había nada, habíamos perdido todo. Pasamos días horribles porque no había nada que comer, y el agua, que estaba por todos lados, no servía para nada. Me puse a pensar en que ya no tenía nada que me retuviera en medio de ese paisaje lleno de muerte que antes había estado lleno de vida. Como todos se habían ido con el río, decidí irme yo también. Y fui a buscar a María, a orillas del mar.  

Es dificil resistir la tentación de violar la privacidad de alguien más, pero creo que es más dificil darse cuenta de que sólo invadiendo esa privacidad uno llega a descubrirlo todo. Si de por sí es dificil aceptar tal bajeza es aún más dificil aceptar el dolor resultado de semejante acto, no es facil sentirse doblemente mal, primero por el remordimiento y luego por lo que llegas a descubrir.

Me mudo como un vil acto de imitación. Este lugar está más bonito y amigable. Un buen refugio para mis propósitos escondidos, algunas cosas sobrevivirán y otras no…

“Dans un monde où chacun triche, c’est l’homme vrai qui fait figure de charlatan”