Todos los días al caminar por algún lugar de CU o del centro (que en los últimos meses se han convertido los únicos entornos de la ciudad que visito), me vienen a la mente cosas de las que quiero escribir. Sin embargo, de manera invariable, cuando me planto en frente del monitor y abro la pestañita del nouvel article mi cabeza se pone en blanco y no sé qué escribir. Por eso ahora empiezo así, en espera de que en la próxima línea se me venga a algo a la mente algo como Tolstoi, o el amor entre Lievin y Kitti, o como el fut bol, o como la maestría, o como la envidiosa admiración que me provocan los ensayos que he leido recientemente, o el trabajo, o la gente rara de las calles, o la locura…

Este es el final de mi primera semana en la maestría. El martes, cuando fui a tomar mi primera clase, entré a la Facultad con una sonrisa de oreja a oreja, caminé por el pasillo y el aeropuerto con la nostalgia de mis días de la licenciatura y la emoción de regresar a ese lugar tan querido y odiado algunas veces. Hay cosas que nunca cambian en la Facultad, como la gente que sigue estando parada cerca del café del aeropuerto desde que yo entré a la carrera, o el tráfico en los pasillos al inicio del semestre, o el aspecto desaliñado de los alumnos y algunos profes. Pero de todo eso, creo que lo que más agradezco es encontrar gente con la que uno puede hablar y utilizar el sarcasmo y la ironía sin necesidad de una explicación; encontrar profes por los que soy capaz de sentir una profunda admiración, entrar a un salón y salir horas después siendo un poquito menos bruta.

El contraste que he vivido en esta semana ha sido un poco frustrante. En los tres seminarios a los que asistí se habló de la ficción de la historia, del Bicentenario en un tono sarcástico y de lo dificil y serio que es tratar de reconstruir e interpretar acontecimientos no vividos y de los cuales sólo nos quedan algunas huellas. En contraste, el libro que corrijo en este momento es precisamente sobre algo histórico y la mayoría de los “autores” que ahí escriben parecen no tener ni la menor idea de estas cosas, parecen estar jugando a ser historiadores, y parecen burlarse (de manera involuntaria) de la Seriedad, sí, con mayúscula. Estas personas hablan de los “próceres que nos dieron patria y libertad” con una seriedad que resulta risible (de nuevo de manera involuntaria) y que deja completamente de lado  el hecho de que en este país no hay absolutamente nada que festejar en estos tan vulgares y pisoteados centenario y bicentenario. Vivir en estos dos ambientes no sólo me resulta cansado, debo aceptar que también es un poco divertido. A pesar de que de mis ojos cada vez ven menos (quizá nada de lo que ven les parece fuera de serie y po eso deciden ponerse en huega de vez en cuando) y de que mi cabeza se aturde porque paso el día entero leyendo, primero en el Insti, luego en la Fac, en el metro y en mi casa, salir por las mañanas hacia la Facultad es como emprender el camino hacia un oasis en medio del desierto. Ese oasis me da ánimos para continuar con mi trabajo, para leer lo más que pueda fuera del Instituto y para confiar en que todavía existen personas con las que puedo compartir algo además de un simple “hola” acompañado de una brevísima nota sobre el clima.