novembre 2008


¡No quiero, en fin, que la madre abrace al verdugo que ha hecho despedazar a su hijo por los perros! ¡Que no se atreva a perdonarle! Si quiere, que perdone al torturador su infinito dolor de madre; pero no tiene ningún derecho a perdonar los sufrimientos de su hijo despedazado, ¡y que no se atreva a perdonar al verdugo, aunque la propia criatura se los perdonara! Si es así, si las víctimas no se han de atrever a perdonar, ¿dónde está la armonía? ¿hay en todo el mundo un ser que pueda y tenga derecho a perdonar? No quiero la armonía, no la quiero por amor a la humanidad. Prefiero quedarme con los sufrimientos y sin castigar.

Los hermanos Karamásov, p. 398-399, Fiodor Dostoievski

Otra vez. Durante un tiempo me acostumbré a esta rutina diaria de ir de mi casa al trabajo todos los días sin novedad alguna, me resultaba tranquilo y cómodo tener la seguridad de lo que iba a suceder al día siguiente, hasta compré una agenda que revisaba todos los días antes de salir de casa. Recuerdo en específico una noche que salí del trabajo, era el otoño del año pasado, hacia frío y me resultó particularmente agradable esperar el puma en medio de la nada, hasta el trayecto en el metro casi vacío me resultó cómodo, por alguna razón tengo grabado ese día, hasta recuerdo la ropa que traía puesta, los zapatos, la blusa negra… Ahora las cosas son diferentes, aunque los atardeceres de este invierno me siguen pareciendo magníficos por la luz pálida, la bruma y las sombras largas que se atraviesan en los pasillos del Instituto, hay algo que me pesa, ya no es necesario revisar la agenda todos los días, tengo en la mente lo que debo hacer. Y aún no he llegado al punto de detestar la monotonía, creo que por momentos sigue siendo conveniente, sin embargo, todos los días me levanto esperando que ocurra un accidente, un naufragio, algo que me obligue a salirme de esta inercia de vivir.

¿Recuerdas que tienes un blog? ¿recuerdas las primeras notas de Recuerdos de la Alhambra? ¿recuerdas la belleza de un atardecer de invierno detrás del estadio, visto desde la explanada de la Central? Me di cuenta de que necesito ser rescatada por lo que dejé atrás. Pensar tanto me provoca un dolor agudo en el estomago, ganas de vomitar, y no se trata únicamente de la cuestión sadeana que me tiene un poco atorada entre un mundo atroz y hostil en el que la belleza ya no existe, se trata también de una cuestión de fe. La fe no es algo con lo que se nace, se adquiere y se afina, se encuentra quizá. Mi búsqueda siempre ha sido externa, y he encontrado la fe en múltiples cosas que me han hecho ser feliz por un momento, con toda la felicidad que se puede tener por instantes, sin embargo siempre la pierdo, termino por convencerme de que siempre creo espejismos que me engañan, me sorprenden, me quitan la sed conforme me acerco a ellos, el mero deseo basta para quitarme la sed por un instante; y al alcanzarlos me doy cuenta de que no abrazo más que aire. Je désire un autre monde pour peindre ce monde.

    Estoy escuchando No surprises, las guitarras me hacen olvidar el zumbido de la bomba al lado de mi recamara que no me deja dormir, que me provoca taquicardias a las dos de la mañana.  Esta noche, de regreso del trabajo, se me volvió a bajar la presión, me dio taquicardia, empecé a sudar frío: o los cigarros que compré me están envenenando, o pensar en que mañana debo levantarme a las seis de la mañana, para trabajar de nueve a tres, comer de tres a cinco, y volver a hundirme en la miseria del mundo de Sade, que no es más que el espejo de la miseria del mundo oculto detrás de la realidad hipócrita que me rodea, hasta las ocho de la noche, llegar a mi casa a las diez, y volver a dormir, con el zumbido del tinaco provocándome taquicardias… quizá solo me hizo falta tomarme las dos pastillitas rojas. 

   El punto es que creo que de nuevo fui rescatada por las letras, las que soñé mientras dormía en el trayecto de centro médico a pantitlán, las que me inspiraron otras letras, las que me impidieron pensar en el zumbido y en lo miserable de muchas cosas.