El viernes pasado fui con la doctora recomendada. Era una mujer muy amable que me hizo preguntas que ningún otro doctor me había hecho, eso me dio confianza. Me mandó hacer una serie de estudios de todo lo que se pueda uno imaginar y eso también me dio confianza.

Hoy fui a realizarme los estudios, vi mi sangre llenar tubitos de cristal y tengo la esperanza de que algo esté mal en esos tubitos, algo tiene que salir mal. En primera porque si es así, la doctora amable me recetará unos chochos (igual de caros que los que ya me recetó) que me quitarán el malestar; en segunda porque si no es así, la doctora amable me dirá que es puro estrés y que debo tranquilizarme y eso no lo sé hacer, prefiero los chochos.

Cuando salí de los laboratorios sentí un poco de esperanza, ésta provenia del mundo saludable que comenzaba a ver, no más dolores de cabeza, no más problemas con el estómago, no más fatiga. Sin embargo, cuando recordé la cuenta del laboratorio me vinieron unas náuseas espantosas y unos nervios de esos que me obligan a mover las manos como loca. Despúes comencé a pensar en el trabajo, en la terrible semana que me espera, en que tengo que regresar a la escuela a tomar clases aburridas y a no dormir, en que ddebo entregar una ponencia para el viernes de cual no he escrito ni el primer párrafo. Así funciona mi cabeza, cuando descubre algo malo, en lugar de pensar positivamente y relajarse, empieza a desmenuzar todo lo que me puede estrtesar.