Entró en el bar. Sus tacones sonaban como bombas en el piso y su ritmo combinaba con los cuatro cuartos de la música en un perfecto contrapunto. Sus ojos, profundamente seguros, se clavaron en la barra. Sin detenerse a mirar a su al rededor fue a sentarse en la periquera que se encontraba justo a la mitad. No vio a nadie, sin embargo, todos la observaban. Su soledad era cierta y no se avergonzaba de ella. Se sentó con la tranquilidad y la elegancia de un cisne que contempla el paisaje, con sus largas manos encendió un cigarro, y bebió.
Afuera, las calles atestadas por el ejército gritaban que la guerra había estallado. La gente, indiferente, sospechaba que todo era obra de la televisión. Las guerras ya no existen. Ella sabía que no era cierto, por eso se encontraba en ese bar, fumando el último cigarrillo de libertad que le quedaba.
janvier 30, 2008 at 5:13
Oye ese me gusta. Aun está crudo ¿no es cierto? me gusta de todas maneras.