Las mujeres se desangran cada mes y con ese correr de la sangre, regularmente, también corren lágrimas. Es curioso como hay cosas que no dependen de uno, como las hormonas alteran todo, el cuerpo, la cabeza, el ánimo. Quizá ese proceso es necesario para seguir viviendo, quizá constituye toda una renovación que no es perceptible, una limpia que permite que se vayan ciertas cosas que no se pueden sacar. Es necesario aceptar que es una chinga pasar por eso, sobre todo cuando el ánimo de por sí está por los suelos, pero de cualquier forma se agradece poder llorar lo que no se puede llorar de otra forma.
Las lágrimas siempre han sido parte de mi carácter, sin embargo hay cosas que a veces no puedo llorar. Puedo hacerlo por un libro, por una película, por empatía, por amor, por dolor, pero a veces hay grandes dolores que se me acumulan y que no puedo sacar. En los últimos meses he tenido que aprender a despedirme de mi pasado, de mi vida en un lugar seguro en el que alguien me esperaba y tenía siempre una palabra de amor incondicional, de un amigo al que no veía muy seguido pero cuya cercanía me consolaba y me hacía sentir bien, de unos brazos fuertes que me enredaban y me hacían creer que todo estaba bien mientras yo estuviera entre ellos. Al principio todas las despedidas son fuertes, y aunque algunas de ellas no lo son propiamente, la distancia duele, pero sin duda duele más cuando uno sabe que es para siempre.
Construir una vida de nuevo.